Mateo se estremeció. Siempre había borrado la palabra "ira" de sus apuntes.

Había una vez un joven predicador llamado Mateo que viajaba a las montañas de los Andes. Llevaba consigo una Biblia gastada y un corazón lleno de sermones sobre el "amor propio" y el "propósito personal". Creía que Dios existía para hacerlo feliz.

Esa noche, el pueblo no escuchó un sermón sobre "autoayuda". Escuchó a un hombre roto que gritaba con lágrimas: —¡Los atributos de Dios no son teología fría! ¡Son el fuego que quema el orgullo y la única roca donde el pecador puede esconderse!

En un pueblo remoto, conoció a un anciano llamado Eliseo. El viejo no decía mucho, pero al anochecer, mientras la lluvia azotaba el techo de zinc, Eliseo encendió una vela y le preguntó: —Mateo, ¿a quién predicas? ¿A un Dios hecho a tu medida, o al Dios que devora montañas?

Al amanecer, la tormenta cesó. Eliseo llevó a Mateo a un lago helado. —Mírate —le dijo. Mateo vio su reflejo: un hombre ambicioso, lleno de sermones vacíos. —Ese eres tú —dijo el anciano—. Y solo el Dios santo, soberano, justo y amoroso puede romper ese espejo de vanidad y darte un corazón nuevo.

Mateo sintió frío. Siempre había hablado de un Dios "buen amigo", no de un Rey cuyo manto llena el templo.

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Mateo se estremeció. Siempre había borrado la palabra "ira" de sus apuntes.

Había una vez un joven predicador llamado Mateo que viajaba a las montañas de los Andes. Llevaba consigo una Biblia gastada y un corazón lleno de sermones sobre el "amor propio" y el "propósito personal". Creía que Dios existía para hacerlo feliz. los atributos de dios paul washer en espanol

Esa noche, el pueblo no escuchó un sermón sobre "autoayuda". Escuchó a un hombre roto que gritaba con lágrimas: —¡Los atributos de Dios no son teología fría! ¡Son el fuego que quema el orgullo y la única roca donde el pecador puede esconderse! Mateo se estremeció

En un pueblo remoto, conoció a un anciano llamado Eliseo. El viejo no decía mucho, pero al anochecer, mientras la lluvia azotaba el techo de zinc, Eliseo encendió una vela y le preguntó: —Mateo, ¿a quién predicas? ¿A un Dios hecho a tu medida, o al Dios que devora montañas? Llevaba consigo una Biblia gastada y un corazón

Al amanecer, la tormenta cesó. Eliseo llevó a Mateo a un lago helado. —Mírate —le dijo. Mateo vio su reflejo: un hombre ambicioso, lleno de sermones vacíos. —Ese eres tú —dijo el anciano—. Y solo el Dios santo, soberano, justo y amoroso puede romper ese espejo de vanidad y darte un corazón nuevo.

Mateo sintió frío. Siempre había hablado de un Dios "buen amigo", no de un Rey cuyo manto llena el templo.